La Caja

No hace mucho que me volví a encontrar con la caja. La temible caja que me obsequiaste, inesperadamente, una noche de noviembre algunos años atrás.

Estaba arrinconada, cubierta de cosas y polvo, pero estaba ahí: aún cerrada, aún conservando su misterio.

La caja. Cómo quise olvidarme de su existencia al principio. Recuerdo haberla recibido y mirado con una expresión de “qué hago con esto”. Me acompañó en la parte de atrás del auto la primera vez, la puse en la mesa de centro de la casa y la miré nuevamente: centímetros cúbicos de rigidez y geometría. La dejé ahí por largo tiempo, pero no eché un vistazo al interior.

Luego quise fingir que no estaba, que no la tenía. La oculté, en lo más profundo del cuarto de herramientas, y me cayó en la cabeza un día mientras buscaba los desarmadores. La coloqué debajo de pesadas cobijas y edredones, y un día sobresalió para darme un golpe en el dedo pequeño del pie. Pensé que la había perdido en la mudanza, y apareció nuevamente cuando uno de mis gatos se puso a jugar con ella. La caja seguía allí, en su geométrica cuadratura sellada.

Regresé con ella a la mesa de centro y la coloqué encima. La miré largo rato.

“Bueno”, me dije, “es hora de echar un vistazo al interior. A fin de cuentas, es un obsequio”. Y la abrí.

El contenido estaba dividido en capas bien identificadas. La primera parte era las hojas de un calendario de nueve años, con algunas fechas marcadas. La primera era un día de noviembre en 2005 y la última el 26 de febrero de 2014. Son los momentos que ya van a quedar como puntos fijos en el tiempo, en mi línea de tiempo. Los reconocí todos.

La segunda capa: cientos de fotografías. No guardaban un orden particular, eran las imágenes de lo vivido, los recuerdos que ahora visito. Sonreí al verlos, aún los que tenían escenas tristes, porque también las hubo. Todas ellas mías.

La tercera capa tenía un marco con mi retrato. En él me veía sonriendo, con una sonrisa de la que ya no tenía memoria, de un tiempo en que me sentía y era un ser pleno. Ese cuadro estaba allí como un recordatorio de que también puedo ser feliz.

No era una caja con los desperdicios, con las sobras o con todo lo que ya no servía. No estaba ahí algo que servía para desechar. Siempre vi esa caja como algo pesado, una carga, como indeseable; pero en realidad eran partes de mí, para mi viaje hacia adelante.

Era un regalo, definitivamente, porque encontré algo inesperado entre las cosas.

Ahí adentro estaba una pasión, lo que no había sentido en mucho tiempo: el sentimiento de tener un propósito, de saber qué quiero hacer y por qué, un amor enorme por la profesión que ahora me hace feliz: la de profesor.

Nunca la hubiese encontrado de no abrir la caja.

Quizá es más apropiado decir que nunca la hubiese encontrado si esa caja no existiera en principio.

Gracias por el regalo, y disculpa la demora en abrirlo y apreciarlo

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Edgar Fernández

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