El niño que me salvó de la locura más de una vez

Hace 22 años que conocí a El Principito. Tenía 14 años.

El libro estuvo guardado en mi librero por un par de años, yo no lo quería leer porque vi la portada y dije “esto es un libro para niños”, yo quería “ser grande”. Un día simplemente lo tomé y lo abrí. Lo leí de principio a fin en un sentón.

En esa primera ocasión no entendí muchas de las cosas que ahí estaban, sin embargo sentí que había encontrado algo bueno. Esa vez pude ver el elefante dentro de la boa en lugar del sombrero (de hecho, me costó más trabajo entender por qué alguien vería un sombrero), y encontré el mensaje que más impacto me causó, antes de verlo en los cientos de lugares en el que lo usan:

No se ve bien sino con el corazón,
lo esencial es invisible para los ojos.

Fue la primera vez que me salvó de la locura. Al menos de los problemas de la adolescencia.

Desde entonces lo he leído decenas de veces. No siempre lo leo cuando estoy triste, pero en esos momentos es un buen acompañante aunque no responde mis preguntas cuando las hago. Cada vez encuentro un mensaje nuevo, un símbolo distinto que no había visto antes. Es asombroso lo que de Saint-Exupéry consiguió con una historia sencilla. La construcción utiliza elementos simples, realmente el lenguaje no es complicado ni usa palabras o construcciones lingüísticas complejas. Lo cuenta como si fuese un niño que sabe lo que quiere, que entiende cosas en un nivel que muchos ya no lo hacemos. Eso lo ha mantenido vigente por setenta años hasta ahora.

Algunas personas me dicen “hay muchos libros en el mundo como para releer uno”, pero pienso que algo que gusta mucho puede repetirse y disfrutarse más de una vez. Es como dejar de visitar a un amigo que aprecias solamente porque “hay más personas por conocer en el mundo”.

El Principito es, sin duda, mi libro favorito de todos. Tengo varios, pero el que siempre recuerdo y me alegra más es este. A veces pasan temporadas largas sin que lo vea, y luego lo encuentro en fragmentos, en sonidos y en imágenes durante varios días. Nunca me ha molestado ni aburrido, incluso ahora lo he retomado para leerlo.

Larga vida al niño que logró domesticarme.

El principito aprovechó una migración de aves

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Edgar Fernández

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